El pasado domingo fue un día muy feliz al encontrarnos con una grata sorpresa. En el dominical de la edición sevillana del periódico ABC había una columna dedicada a nuestros Picos Gourmet.

Desde Panadería Obando y en nombre de todos los compañeros y familiares que componen el equipo de nuestra empresa le mostramos nuestra gratitud por todas y cada una de las palabras que nos ha dedicado en su reportaje el escritor y periodista Don Antonio García Barbeito. Nos alegra saber que nuestros Picos Gourmet son de su agrado y esperamos poder seguir trabajando para llevar a cada mesa un bocado de los sabores más tradicionales de nuestra tierra.

Os dejamos en las siguientes lineas el texto que Antonio García Barbeito nos dedicó:

barbeito

“Caramelos de pan regañado con dos pellizcos en los extremos, crujientes caramelos de harina que, con sonido de huesos andaban por los platillos de todas las tapas de la tribu: boquerones fritos, papas aliñás, queso… Lo que fuera, y un rosco. También les llamábamos roscos a aquellos ochos de tres huecos que vendían por la calle, agarrados del brazo de un canasto, dos chavales de entonces, Joaquín el Parro y Benjamín el de Baldomero, hijos de panaderos de la tribu que echaban las tardes pregonando por bares y veladores aquellos roscos que eran la debilidad de cualquier boca, y sobre todo de cualquier chiquillo.

Mi madre me contaba que estaba una vez tratando de dormirme cantándome una nana cuya letra, que seguramente valía tanto para un roto como para un descosido, quiero decir, para una nana o para una seguidilla, decía: “Si quieres que te quiera, / cómprame un rosco, / y cuando me lo coma, / me compras otro.” Me contaba mi madre que lo que iba a ser sueño mío se convirtió en pesadilla suya, ya que me desperté lloriqueando pidiéndole un rosco… y eran más de las diez de una noche de invierno. Me encantaban y me encantan los roscos, pero los de buena harina, los duros, los roscos bien cocidos, no esos pitillos sin color ni sabor. Roscos que crujan, como las buenas regañás, como les decía a mis amigos utreranos de la tertulia gastronómica La Regañá, en una décima que sonaba a adivinanza: “Su grandeza es la fractura / de su cocida entereza, / cuando al molino regresa / al probar la dentadura. / Qué harinosa sabrosura / nos regala su agonía. / Y qué total compañía / es siempre la condición / de cereal comunión / de su media eucaristía.” Así, que crujan, que parezca que regresan al molino cuando la dentadura los muele. Busco los roscos de El Guijo, y todos los de La Luisiana; persigo los roscos de Almonte, los de Villalba del Alcor, las regañás de Aznapán y las de Sanlúcar la Mayor, pero me he perdido para siempre al probar el otro día, de la mano de mi entrañable amigo Rafael Sierra, en un bar de exquisiteces en Utrera, Alonsi, los mejores roscos de mi vida, por la harina con que están hechos, por el hondo sabor y por el punto de cocción, a mi gusto. Los fabrica la Panadería Artesana Obando e Hijos. Una verdadera –y deseada- perdición de harina tostada. Dos pellizcos suaves y cariñosos en las mejillas de angelitos morenos. Al morderlos –cereal comunión de una eucaristía a medias-, he regresado a los roscos que me en su panadería de la tribu me apartaban, por tostados, Joaquín y Felipe Mellado. Los roscos de Obando, algo así como Dios crujiéndote en la boca…”

 

 

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